A. F. de Losada, Artículos

Me gustaría imaginar otra España…

Esta semana he publicado dos artículos con opiniones contrapuestas, aunque sólidamente razonadas, sobre las elecciones que se celebran en Catalunya este próximo domingo. Unas elecciones que se presentan intensas y revestidas de una importancia sin precedentes por cuanto dotarán (o no) de músculo a las aspiraciones soberanistas de buena parte de la ciudadanía catalana, de una parte importante de los partidos con presencia parlamentaria y del actual partido en el gobierno y su Presidente. Importantes también puesto que estas aspiraciones, legítimas y democráticas, condicionarán en buena medida la agenda política española en los próximos años e incidirán, también, en el escenario europeo.

He querido poner sobre la mesa las aspiraciones, las inquietudes pero sobre todo las razones y los argumentos de los que abogan por la independencia desde el soberanismo  político y de los que, desde el respeto profundo a la identidad catalana, propugnan seguir recorriendo un camino compartido con el resto de España. He seguido con mucha atención el debate político y ciudadano suscitado tras la manifestación de la Diada. Hay algunos temas que me preocupan y que creo que hay que abordar con urgencia aunque de forma sosegada y racional, con sentido común. Pero antes de entrar en el análisis de los mismos os adelanto cual es mi postura básica.

Creo firmemente en el derecho a decidir del pueblo catalán. He escrito recientemente que creo que Catalunya es una comunidad de carácter nacional, un sujeto político cuyo pueblo debe tener derecho a decidir sobre su propio futuro. Creo también, que dicho derecho debe ejercerse de acuerdo con lo que estipule la ley, nunca fuera de ella, por cauces democráticos y siendo fruto de un acuerdo político. De todas maneras no puedo llegar a imaginar de qué manera se puede negar que la consulta se realice, al amparo de la ley, si existe una mayoría contundente de partidos en el nuevo Parlamento catalán que así lo reclaman.

Sigo pensando, tal como escribí en un artículo reciente publicado en este blog, que la opción federalista es la que más conviene a Catalunya y a España y que es el momento de abordar una reforma a fondo de la Constitución Española para asegurar un correcto encaje de las naciones que conviven en el seno de España. Sigo aspirando a que desde Catalunya se contribuya a modernizar España y que ésta se configure como un Estado policéntrico, descentralizado y cohesionado, que acepte con convicción y naturalidad su diversidad y su propia realidad. Y para ello es necesario un nuevo pacto como el que se dio ahora hace algo más de 30 años entre todas las fuerzas políticas (o al menos las principales) y la sociedad.

Pero también creo que no nos podemos hacer trampas jugando al soiltario y que ante la situación actual y el creciente desapego entre Catalunya y España el escenario tiene que dar un giro radical. La apuesta por el federalismo se tiene que empezar a concretar dentro de esta legislatura (catalana y española). No puede ser un anhelo eterno, una aspiración utópica. Tal como decía hace poco un dirigente socialista catalán, habrá que tener preparado un plan B y si la apuesta por el federalismo no va, si el actual statu quo, el Estado de las autonomías, es la única salida que se le da a las aspiraciones de la sociedad catalana, tal vez tendremos que empezar a plantearnos alternativas.

Para abordar de forma seria este escenario que está, para España y para Catalunya, lleno de riesgos y oportunidades, hace falta recuperar la esencia de la política, perdida en este país hace décadas, y volver a poner sobre la mesa el diálogo, el interés por tratar de entender y comprender los puntos de vista ajenos y desterrar de forma definitiva el insulto, la descalificación, el desprecio y la burla.

De momento no hay diálogo ni voluntad de que lo haya. No hay interés por tratar de entender y comprender los argumentos y las razones ajenas. Las posturas están cerradas y el conflicto parece servido. Veamos.

Es cierto que en la base del independentismo catalán que ha crecido de forma muy exponencial hay, en parte, motivaciones de carácter identitario. Pero los independentistas de corazón, capilares, lo son hace muchos años, no han aumentado de forma sustancial. También lo es que otra parte de la sociedad se ha sumado a la causa independentista a causa de la crisis, comprando, en cierta medida, los argumentos del mal llamado “expolio fiscal”. Pero la mayoría de los catalanes, incluso los que en estas elecciones no votarán opciones soberanistas, lo que están es muy cansados del permanente desaire, por ser suaves, que una parte importante de la clase política y mediática española ha sometido a Catalunya y a sus ciudadanos. Y todavía lo ha empeorado más que el supuesto sector progresista no se levantara indignado ante determinados acontecimiento en contra de Catalunya francamente desagradables.

Es importante entender esto. Es importante entender que el proceso de negociación del Estatut y la posterior sentencia del Constitucional, politizada de forma vergonzosa y absolutamente antidemocrática, las campañas de recogida de firmas en contra de Catalunya, los boicots en contra de los productos catalanes o las declaraciones lamentables de importantes representantes de los poderes del Estado (como José Bono, Alfonso Guerra, José Maria Aznar, Esperanza Aguirre o Aleix Vidal Quadras) han contribuido de forma decisiva a romper los puentes, a profundizar en el desapego entre Catalunya y España. Tampoco ha ayudado nada la continua presión en contra del catalán, tratando de desarticular un sistema, el de inmersión lingüística, que ha sido garantía de cohesión social durante tantos años, ni determinadas decisiones con un gran impacto económico.

Sí, porqué en el desapego por razones económicas ha influido, más que el déficit fiscal, que ahora todo el mundo reconoce que es necesario re-equilibrar (pero que también afecta a otros territorios españoles), decisiones tan perjudiciales para lo propia España como la no priorización incomprensible del eje ferroviario mediterráneo contrapuesta no solo al eje central sino a la extensión de un modelo ferroviario de alta velocidad, radial,  siempre por Madrid, tremendamente ineficiente. El insufrible retraso en determinadas inversiones básicas para Catalunya como los accesos al puerto de Barcelona, el sistema de cercanías, las autopistas de pago (contrapuestas a un país que circula por magníficas autovías de forma gratuita), el retraso en la llegada del metro al aeropuerto del Prat o la gestión centralizada de éste basada en el continuo favor hacia el de Barajas (recordemos los Tratados internacionales firmados por el gobierno Aznar que centralizaban de forma exclusiva determinados vuelos intercontinetales en Barajas). El proyecto de retorno a Madrid de la CMT (Comisión del Mercado de las Telecomunicaciones), único esfuerzo en la historia por descentralizar las estructuras del Estado, o el impago de las cuantiosas deudas legales que el Estado mantiene con Catalunya. Todo ello lastrando la economía del polo de desarrollo más importante del Estado reduciendo, de esta manera, la efectiva co capitalidad que Barcelona podría haber desempeñado en España.

Insisto, la principal causa del desapego, del incremento del independentismo, la encontramos en el “cabreo” de la sociedad catalana que ha dicho “basta ya!”. Y ante esto, ante una movilización sin precedentes, ¿qué respuesta ofrece la España política y mediática? El insulto, el desprecio, la incomprensión, la amenaza. Sorprende…

El Roto, publicado en El País.

Es cierto que en este punto hay que diferenciar entre la España rancia, casposa y conservadora y la supuestamente progresista. La postura de la primera se describe rápido. Basan todo su argumentario en el más estricto sentido de la posesión y en una verdad inmutable, casi divina: la indivisible unidad de España, patria o unidad de destino de todos los españoles. Hace unos años hubieran resuelto el conflicto por la vía de las bombas. Hoy lo tratan de hacer con el insulto y la amenaza.

Pero es que el sector progresista tampoco se ha mostrado excesivamente permeable a lo que acontece en Catalunya. No solo no ha tratado de comprender la raíz del malestar sino que ha tratado de imponer su propia versión de los hechos: los catalanes vivimos en un permanente engaño inducido por unos medios de comunicación en manos del poder nacionalista caciquil, corrupto, antidemocrático, populista, que trata de tapar su mala gestión envolviéndose en la bandera. Los catalanes vivimos engañados sobre el supuesto déficit fiscal: no es tan grave como aparenta, incluso si nos centramos en algunos años o utilizamos determinados métodos de cálculo la balanza es positiva para Catalunya. Los catalanes vivimos engañados puesto que nuestros dirigentes nos conducen al precipicio,  al desastre, fuera de Europa y del Euro, fuera de la OTAN y de las Naciones Unidas, fuera… del planeta. Los catalanes vivimos en un permanente engaño… pobres y vulnerables catalanes.

No digo que parte de todas esas acusaciones no tengan una base verídica. No digo que no sea cierto que en Catalunya se ha tratado de dibujar un país utópico que quedaría fuera de la crisis con la independencia. No digo que no haya corrupción (aunque la que existe en España no es nada desdeñable) ni que los políticos no se envuelvan en las banderas para tapar sus miserias (como en el resto de España). Ni que se tape que hay una parte muy importante de España que siente un profundo apego y respeto por Catalunya o que se trate de obviar la profunda y positiva huella que la cultura española ha dejado en la catalana (y viceversa). Todo eso puede ser cierto pero no es el momento de ponerlo encima de la mesa.

Ahora es momento del diálogo, de escuchar los argumentos ajenos, de respetar y reconocer los sentimientos y las voluntades expresadas de forma legítima y democrática. Es momento para la generosidad. Vivimos un tiempo crucial de nuestra historia. Si somos capaces de dibujar otro gran consenso, como el del 78, en el que se defina una nueva manera de entender España, en la que todo el mundo se sienta a gusto y parte de una España que tenga la valentía de reconocer su auténtica esencia plurinacional y policéntrica… todos saldremos ganando.

Me gustaría imaginarme una España con el Tribunal Constitucional en Barcelona, el Senado en Sevilla o el Banco Central en Bilbao. Me gustaría imaginarme una España que reconociera todas sus lenguas, que todas ellas fueran oficiales, en que el Presidente o Presidenta supiera y tuviera que expresarse en todas ellas. Que la conexión ferroviaria en alta velocidad entre las principales ciudades del país no pasara siempre por la capital. Me gustaría imaginar una España que no concentrara toda su inversión en cultura en Madrid, con el Gernika en Euskadi o el Museo Thysen en Barcelona. Me gustaría imaginarme otra España puesto que solo así podremos seguir avanzando y construyendo juntos.

Es momento de grande reformas. Es momento para la política, para la democracia. Y un gran acuerdo sobre el derecho a decidir tiene que ser el primer paso hacia la construcción de una nueva España en la que todos nos sintamos a gusto y de la que, si existe voluntad democrática, se pueda salir.

Agustí Fernández de Losada

Barcelona, 23 de noviembre de 2011.

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